Días pasados, elogiamos la medida del Poder Ejecutivo, cuando dispuso que los cuadros pertenecientes al Museo Provincial de Bellas Artes que decoraban los despachos de la Casa de Gobierno, fueran devueltos a aquella institución donde podrán ser apreciados por los tucumanos. Pero justamente, la mención del palacio gubernamental es oportuna para referirse específicamente a la situación de ese edificio emblemático de nuestra ciudad.

No se ignora que se edificó, previa la desdichada demolición del Cabildo colonial, en el solar que este ocupaba, al que se agregó mayor espacio con la expropiación de dos inmuebles linderos hacia el sur. El arquitecto tucumano Domingo Selva fue el encargado de diseñar el palacio, que se inauguró en 1912. De esa manera, San Miguel de Tucumán contó con una de las mejores casas de gobierno (si no la mejor) del interior del país en ese comienzo del siglo XX.

Pero desde entonces ha pasado más de una centuria y, como es costumbre en nuestras obras públicas, se ha descuidado totalmente su mantenimiento y enumerar las deficiencias que presenta hoy, requeriría un espacio mucho más largo que el disponible para este comentario.

Sólo a título de ejemplo, puede apuntarse que las distintas dependencias han sido objeto de agregados y de divisiones realizadas sin ningún cuidado. Las escaleras de mármol, ahuecadas por un siglo de pisadas, tienen un aspecto lamentable. Los pisos no están mejores. Las paredes de las oficinas, pintadas y repintadas de cualquier modo, con agregados de madera ordinaria, hacen juego con techos descuidados durante décadas, tanto en los locales como en las galerías. Y en el subsuelo, donde supo funcionar muchos años la Policía, ya el deterioro resulta indescriptible. Repetimos, que sólo se trata de ejemplos.

Obvio es decir que la enorme cantidad de público que entra y sale del palacio ha sido y es el gran causante de su mal estado. Pero también ha existido, de parte de las autoridades, una notable indiferencia respecto a la conservación, tanto en reparaciones necesarias por el uso como en asuntos de seguridad, como quedó de manifiesto en diciembre de 1995, cuando se incendió una de las cúpulas del edificio a causa de un cortocircuito. No parece haberse tenido en cuenta que un edificio de esas características, que se erigió sin ahorrar gastos y de acuerdo a un estilo arquitectónico y decorativo determinado, debía ser periódicamente reparado por expertos y no tratado como un local más de la administración provincial.

Nos parece que ha llegado la hora de encarar una restauración integral del palacio, en su exterior, pero principalmente en el interior. Es un trabajo que puede encarase por etapas, para no interrumpir la actividad oficial: pero resulta imprescindible que se lo inicie. Ni qué decir que, para la operación, deberá acudirse a arquitectos y operarios diestros en trabajar ese específico tipo de inmuebles, y no a cualquier empresa constructora.

La Casa de Gobierno es parte eminente del patrimonio arquitectónico de Tucumán. Los especialistas en historia de la arquitectura le han dedicado largos estudios, y lo consideran altamente representativo de una época y de una manera de erigir edificios del Estado. Sus líneas monumentales están raigalmente incorporadas a nuestro paisaje urbano y suscitan la justificada admiración de los visitantes. Sin duda, merece que las autoridades le dediquen la atención que se le ha escatimado, inexplicablemente, durante tanto tiempo. Su condición de sede de las autoridades de la provincia hace necesario destinar al asunto la necesaria preocupación.